Jeremy Bentham: el sufrimiento no distingue entre especies
¿Por qué el dolor de un perro nos conmueve, mientras que el de otros animales puede parecernos aceptable? ¿Qué cambia: el sufrimiento del animal o la forma en que hemos aprendido a mirarlo?
Jeremy Bentham, filósofo y jurista inglés nacido en 1748, planteó una pregunta que sigue cuestionando nuestra relación con los animales: ¿qué característica debe determinar que un ser merezca consideración moral?
Su respuesta puso el sufrimiento en el centro del debate.
«¿Pueden sufrir?»
En Introducción a los principios de la moral y de la legislación, publicada en 1789, Bentham escribió:
«La pregunta no es: ¿pueden razonar?, ni: ¿pueden hablar?, sino: ¿pueden sufrir?»
Traducción del original inglés.
Con esta pregunta rechazó que la razón o el lenguaje fueran requisitos para recibir protección frente a la crueldad. También cuestionó que diferencias físicas, como el número de patas o la presencia de pelo, justificaran abandonar a un ser sensible a los abusos.
El desafío que nos deja es profundo: un animal no necesita parecernos inteligente, sernos útil ni ganarse nuestro afecto para que su sufrimiento importe.
Igual consideración, necesidades diferentes
Hablar de igualdad entre humanos y animales puede generar confusión. Un perro no necesita votar ni asistir a la escuela. Necesita cuidados adecuados a su naturaleza.
La igualdad moral consiste en tomar en serio los intereses de cada ser. Las necesidades pueden ser distintas; la obligación de considerar su sufrimiento no desaparece por esa diferencia.
Desde esta perspectiva, nuestra comodidad no debería funcionar como una justificación automática para perjudicar a otros animales. Si una práctica causa daño, debemos examinar su necesidad, sus consecuencias y las alternativas disponibles.
La pregunta deja de ser únicamente «¿qué obtenemos nosotros?» y pasa a incluir «¿qué le ocurre al animal?».
La contradicción de nuestra empatía
Aplicar este criterio a la vida cotidiana exige revisar algunas costumbres.
Podemos indignarnos ante el maltrato de un perro y aceptar, sin mayor reflexión, prácticas que dañan a otros animales. Podemos llamar “familia” a unos y reducir a otros a mercancías, entretenimiento o instrumentos.
Nuestro vínculo afectivo explica por qué sentimos más cercanía hacia determinados animales. Sin embargo, la cercanía no basta para decidir qué sufrimiento merece atención.
Que un animal no tenga nombre, no viva en nuestra casa o no nos resulte simpático no convierte su dolor en algo irrelevante. La coherencia ética comienza cuando miramos más allá de aquellos a quienes ya queremos.
Bentham también tuvo límites
Conviene evitar una versión idealizada del filósofo. Bentham aceptó el consumo de animales bajo supuestos que hoy podemos cuestionar. Su defensa frente a la crueldad no equivalía al veganismo ni a una prohibición absoluta de utilizarlos.
Reconocer esos límites permite valorar su aportación con rigor: abrió una vía para exigir que el sufrimiento animal entrara en nuestras decisiones morales. Podemos recoger esa pregunta y llevarla más lejos que sus propias conclusiones.
Cuidar es asumir una responsabilidad
Para quienes buscamos proteger a los animales, esta reflexión exige algo más que sensibilidad. Exige revisar qué apoyamos con nuestras compras, qué aceptamos como diversión y cómo tratamos a los seres que dependen de nosotros.
No necesitamos resolver todos los dilemas para empezar a actuar. Podemos evitar daños prevenibles, rechazar la crueldad y elegir alternativas que reduzcan el sufrimiento.
La capacidad de un animal para defenderse no determina nuestra responsabilidad hacia él. Precisamente cuando no puede expresar su dolor con nuestras palabras, debemos aprender a prestar atención.
Más de dos siglos después, la pregunta de Bentham sigue abierta. Nuestra respuesta se encuentra en la manera en que vivimos.
